Consecuente con la estrecha
relación de continuidad entre la dislalia y los PFS establecida anteriormente,
corresponde revisar dos términos de uso común entre los especialistas en
lenguaje.
Uno es
el de dislalia. Parece haber cierto consenso en que este nombre debe darse al
defecto caracterizado por la imposibilidad de producir un fonema. Sin embargo,
algunos incluyen, con el apellido de “fisiológica”, al impedimento propio de la
edad; es decir, cuando el niño no produce el fonema por no tener edad
suficiente. Sin embargo, esta acepción es ambigua debido a la clara connotación
patológica del término dislalia (una dislalia fisiológica sería normal).
También
suele incluirse, dentro de los límites de la dislalia, problemas como el ceceo
(interdentalización del fonema [s]), la [rr] gaucha y otros similares que no
afectan la función distintiva propia del fonema. Estas dificultades sí son
patológicas, pero su gravedad es manifiestamente menor, porque sólo afectan la
estética del habla y no el significado de las palabras; y, por lo tanto, el
efecto sobre la comunicación del sujeto que la padece es muchísimo menor. Por
lo mismo, no debieran contenerse en el mismo nombre.
Otro
aspecto que debemos examinar es la clásica división de la realidad de la
comunicación oral en habla y lenguaje. Un trastorno de habla es el que afecta
la producción de sonidos articulados, especialmente en la articulación y en la
fluidez de la emisión (por ejemplo, imposibilidad para articular un sonido,
emisión mal articulada de un sonido y tartamudez). Los problemas de lenguaje
corresponden a limitaciones morfosintácticas, fonológicas (no fonéticas, que
corresponden al habla) y semánticas que se evidencian en la expresión y/o
comprensión del lenguaje (Pavez, M. M.:
Lingüística aplicada a los trastornos del lenguaje. En Separata del Boletín de
Filología, Homenaje a Ambrosio Rabanales, Universidad de Chile, Tomo XXXVII.
1998/1999).
Sin
embargo, pese a estas diferencias, cuando se trata de diagnosticar y tratar
problemas del nivel fonológico, el límite entre el habla y el lenguaje no es
tan claro.
En
general, la dislalia ha sido clasificada como un problema de habla. Pero, como
vimos anteriormente, ésta es una alteración que afecta a un fonema, definido
como una unidad lingüística, una imagen cerebral antes que una realidad
concreta, cuya función es producir diferencias de significado. Por otra parte,
al producir una palabra, cada fonema adquiere características físicas
determinadas que deben enmarcarse dentro de ciertos límites preestablecidos
para que el receptor lo reconozca como tal.
Cuando
un niño es incapaz de producir un fonema, lo más probable es que tampoco lo
reconozca a nivel auditivo y, más aún, que para él ni siquiera exista. En este
caso, el sistema lingüístico del sujeto carece de una unidad fundamental, por
lo que tiene una deficiencia en su lenguaje. Si para el pequeño existe el
fonema y aún es capaz de reconocerlo en el nivel auditivo, pero no puede
producirlo, el fonema está incompleto, ya que no es capaz de cumplir con su
función de producir diferencias de significado en el nivel expresivo. Por lo
tanto, todavía persiste el defecto en su lenguaje. Si logra producirlo, pero en
forma inconsistente, de manera tal que ocasionalmente lo omite o lo asimila o
sustituye por otro similar (PFS), el problema de lenguaje aún está presente.
Finalmente, si para el niño el fonema existe, es capaz de reconocerlo
auditivamente y lo produce en todas las posiciones, diferenciándolo de otros
similares, pero su articulación es inadecuada (por ejemplo. una [rr]
"gaucha", una [s] o [d] interdental o una [r] postdental), entonces
podemos concluir que el sistema lingüístico está completo, pero que persiste un
problema en la articulación del fonema, es decir un problema de habla (véase
figura 5).
Figura 5. Relación entre un problema de lenguaje y uno de
habla.
¿Por
qué es tan importante hacer una clara distinción entre los problemas de habla y
los de lenguaje? Porque muchos PFS están estrechamente relacionados con la
dislalia y este vínculo no puede ser entendido si se separan ambas realidades
en compartimientos aislados. Por lo mismo, cuando la dislalia es tratada como
un problema de habla, tendemos a conformarnos con proveer al niño de la
capacidad concreta de articular dicho fonema, sin preocuparnos de que, como
unidad lingüística, sea incorporado al sistema de la lengua, pudiendo ser
producido en palabras y frases.
Parte del artículo “BASES TEÓRICAS DE UNA TERAPIA FONOLÓGICA
GLOBAL PARA LOS TRASTORNOS DEL LENGUAJE INFANTIL” de Gabriel Zelada Báez, en
Revista Chilena de Fonoaudiología, Vol 3, Número 2.
